10 experiencias que vivirás (y revivirás) en la próxima Navidad.

papa-noel

  1. Armarás el árbol de navidad el 8 de diciembre. Aunque no sepamos a qué virgen corresponde la fecha, ni qué tiene que ver el árbol con el natalicio de Cristo, es ley armar el árbol para el 8 y que lo desarme magoya.
  2. Le pegarás la cabeza o algún miembro roto a las estatuillas del pesebre. Año tras año se guarda el pesebre en el ropero y sus figuras entran en un coma inducido hasta la siguiente navidad. Echarás mano de la cinta adhesiva o La Gotita para arreglar brazos rotos y partes de animales de granja mutiladas. Si es posible, esta vez invertí en un pesebre nuevo, porque a esta altura parece una escena de The Walking Dead.
  3. Vivirás atemorizado por estruendos de petardos y chasquiboom desde principios de diciembre y hasta mediados de enero, cuando la venta de pirotecnia es desplazada por el comercio de bombitas y bombuchas. Tu perro se querrá mudar de casa y el gato… el gato está muy cómodo, no te preocupes.
  4. Te disfrazarás de Papá Noel y repartirás los regalos transpirando la gota gorda. Agradecé que no tenés que bajar por la chimenea, porque esa panza no es de cotillón. Tus hijos y sobrinos gritarán: ahí viene Santa Claus (en castellano neutro). Y vos les vas a repetir “Jo, jo, jo, jo. Yo soy Papá Noel”, mientras pensás que un calzoncillo de cuero era menos caluroso que ese disfraz. Estas confusiones son normales en épocas de fiestas, cuando vos eras chico preguntabas “¿Qué me trajo Papá Noel?” y tus viejos te decían que los regalos te los trajo el niñito Dios. Un mes después, llega el resumen de la tarjeta y se termina la magia.
  5. Te visitará el fantasma del vitel toné de las navidades presentes pasadas y futuras. Te preguntarás por qué no podemos comer vitel toné para carnaval o para tu cumpleaños. Peor la pasan las alcaparras, esas agrias bolitas verde oscuro, intentos fallidos de arveja, que nacieron sólo para decorar el vitel toné.
  6. Separarás la fruta abrillantada del pan dulce y perderás un incisivo comiendo turrón. Mejor comprá turrón semiblando o metele mucho Corega al comedor, esos dientes ya no están para roer el duro de maní.
  7. Le regalarás una botella de sidra al recolector de residuos y al cartero, porque es un gesto de buen cristiano en estas fechas. Probablemente sea la misma sidra que te regalaron en la oficina, porque para las fiestas se genera un tráfico ilegal de botellas de sidra que no se sabe ni de dónde vienen, ni dónde se escondieron durante todo el año. Desde luego, las abuelas son las principales traficantes de ananá fizz y peladillas.
  8. Le dirás “garrapiñada” al praliné. Nadie sabe aún por qué le decimos praliné once meses al año y garrapiñada en diciembre. Esto parece un caso para… yahoo answers.
  9. Romperás la dieta, engordarás tres kilos y subirás el colesterol malo hasta que tengas las arterias tapadas de grasa de lechón. Pero qué sentido tienen las fiestas sin riesgo coronario. Comer y beber a tus anchas no tiene precio, para todo lo demás, existe el Uvasal. Bueno, sí tiene precio, se llama “canasta navideña” y aumentó más que la inflación anual, pero no entremos en detalles, porque volvemos a necesitar el Uvasal.
  10. Comerás los restos durante siete días y siete noches, hasta que llegue el año nuevo y te vuelvas a empachar casi por inercia. Compartí lo que tenés y llamate afortunado de que así sea. Comenzá el 2017 brindando con el hígado en la mano y la sonrisa en la boca, que para todo lo demás, también tenemos Alikal.
Anuncios

¿Por qué hacerme un blog?

El clásico “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo” debería actualizarse a los tiempos que corren, o al menos estar más al alcance de la cartera de la dama y el bolsillo del caballero SXXI.

Tengo 33 años y he vivido los últimos quince en departamentos. Me estaría faltando espacio para eso de plantar un árbol. En todo caso, debería ser un bonsai… Pero, honestamente, no he cultivado una paciencia nivel Japón ni siquiera para peinarme, difícilmente me veo podando el bonsai.

Tengo 33 años y soy soltera. Aunque no cerré la fábrica, el reloj biológico se agota y no está en mis planes hacer la gran Juana Repetto, ni congelar mis óvulos o emborrachar a mi novio y decirle… tranquilo que no estoy en “esos días”.

Tengo 33 años y autocrítica. Por lo tanto, escribir un libro me estaría quedando un poco grande todavía. Cuando pienso que Mozart escribió su primera sinfonía a los ocho años y murió a los 35 pasando a la posteridad como uno de los más grandes compositores de la historia, creo que no tengo posibilidades. Pero cuando pienso en que Vicky Xipolitakis presentó su autobiografía a los 30 años… vuelvo a creer que todo es posible.

Así que escribir un libro es un sueño que mantengo, pero que también puede esperar. Por el bien de los lectores, de la industria editorial y de los árboles que se talan para imprimir libros (lo cual me lleva a pensar que por cada libro que escribimos, deberíamos plantar al menos un árbol para compensar, y la cuenta me da cada vez más negativa)…

Tengo 33 años y no quiero morir. Así que, aunque me parece muy loable agregar al listado eso de “donar un órgano”, preferiría esperar antes de trascender en forma de riñón.

¿Qué les parece si agregamos a la lista una opción nueva y más “millenial”? Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro y… hacerse un blog. ¡Tengo todo para lograrlo y aquí vamos! Si muero en el intento, pueden disponer de mis córneas. ¡Salud!